La noche de ayer llovió mucho en este reclusorio rodeado por cerros, de frente a mi estancia se ve uno cubierto de neblina por la lluvia de la noche de ayer, el campo de fútbol amaneció encharcado, lodoso, el día está nublado, el cielo está gris.
Estoy nervioso, quizás más por una taza de café que bebí (nescafé, mierda con mucha cafeína), que por unos internos que pelean a un lado. Mientras me concentro escribiendo, el café me ha provocado un hormigueo que recorre todo mi cuerpo. Es temprano, nueve treinta de la mañana, sopla el viento un aire frío que al tocar mi piel me da la sensación de limpiarme de toda esta energía negativa que me rodea.
Sentado en la cuarta y última grada de concreto frente al campo del muro, de lado derecho la estancia para la visita íntima, a mi mano izquierda el gimnasio. Por primera vez escribo en este lugar, por lo regular vengo al campo a correr, hacer ejercicio, a ver los partidos de fútbol de los equipos de los internos de diferentes dormitorios. Hoy es día de visita familiar, hay pocos cabrones en el campo, unos sentados platicando, otros comiendo su “ranchito” (comida que da la institución) su café y su cachorro (trasto) con frijoles. Los más, recostados cubiertos hasta la cabeza con sus “beyonas” (cobertores, cobijas) durmiendo, despreocupados o ¿qué sé yo?
La mayoría son quienes están “al candado”, son a quienes corren de sus estancias, internos que no tienen visita familiar, tampoco tienen dinero -ni quieren generar, los erizos-; están a raya, son flojos, no quieren hacer nada en sus estancias, ni fajina, quehacer, lavar trastos, ni barrer, y prefieren salir después de la primera lista del día: seis cincuenta de la mañana; cuando quitan el candado para abrir las estancias de la zona, el dormitorio, al cambio de custodia. Además, no se les permite que dejen nada de sus cosas, pertenencias, dentro, ni usar el baño para sus necesidades fisiológicas. Quizás esto tampoco les interesa la gran cosa. Sólo les ves de regreso hasta la tercera y última lista del día, nueve de la noche, cargando sus bolsas, que es cuando cierran el candado, las estancias. Sólo para dormir y traen consigo su “baño portátil” (una botella de plástico desechable) sólo para orinar.

Y así las mamás (los internos con mayor antigüedad en la estancia) cuando están de mal humor, descargarán, contra éstos, toda su frustración y tensión con todo tipo de agresiones que son solapadas como bromas de humor muy negro, que van desde “correjendas” (reprender o llamar la atención con todo tipo de golpes) aventarles zapatos, tirarles colillas de cigarro, claro, prendidas, quemar los papeles, echarles agua, mandar a patearlos, etc. etc. La mayoría de estos internos que están al candado son llamados también “laicosos” (que es un tipo de piojo que se dan por epidemia en las cárceles, que por su picadura y por falta de higiene y medicamento provocan varias enfermedades como peliculasis, hematosis y la escabasis), estos piojos o laicos, aparte de chinches y cucarachas se dan por el hacinamiento y la insalubridad de los lugares y por las ratas.
“Como te ven te tratan” a los mugrosos y laicosos, piojosos los patean del culo por todos los rincones del reclusorio.
Terminan de indigentes dentro de su propia cárcel o como naguales (que roban lo que ven mal puesto), porque también en su mayoría son adictos a la piedra base (residuos de cocaína) crack, formando la otra epidemia dentro de la cárcel que hace más subrreal y lejana la llamada readaptación social” aquí en esta escuela de culeros (dinero, extorsión) escuela donde aprendes lo nefasto de la vida.
Presiento más cerca el desenlace de este proceso “sé que los abogados son como las putas, sólo trabajan con quien les da más dinero”, estoy aquí por una consigna que chinga la vida alternativa que palpita dentro de todos los corazones libres, que tomamos en nuestras propias manos nuestras propias vidas.